Categoría: Mares

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Reincidente habitual

No, no reconozco haberme equivocado al enchufar el interruptor de amar descontroladamente, más bien, descuidé las escotillas de salida y en algún momento estuvimos a punto de morir en un incendio, pero coño, dicen que sólo se vive una vez y me lo tomé tan al pie de la letra que no quise perder el tiempo ideando el plan perfectamente montado en el que no sobrara ni una sola pieza.

No, no creo que sea que descuidé ahorrando en afecto, si si tal vez peco de algo es de malgastar los recursos naturales que me han sido dados con la fé ferviente de que poseo una fuente inagotable y por ello he estado apunto de morir ahogada de tanto abrir el chorro y dejar que me llegara hasta el cuello. Hasta aquí arriba y subiendo, ingenua, tal vez de que lo que me hacía flotar nunca me arrastraría hasta el fondo.

No, no voy a asentir y decir que si, que todo es culpa de haber dejado todas las puertas y ventanas abiertas, que tenía que haberme dejado gobernar por el miedo y llenado de clavos los tacones de mis idas y venidas. Pero quien sabe. Puede que aún esté a tiempo de encadenarme a una causa y no dejar que la talen de mi lado. Disfrazarme de activista suicida y atravesarme la piel con ideas preconcevidas que me traigan de vuelta al engranaje de una vez.

No, no voy a arrepentirme de haber roto todas las cláusulas y contratos que nunca elegí firmar en mi vida, ni de escaparme de vez en cuando a mirar por la mirilla los fantasmas de mis no vidas vividas que se pasean por Utopía. En todo caso sí, de haberme hecho de vez en cuando el pez muerto para que me llevara la corriente sabiendo que no duraría mucho mi mentira y que ésta, pronto me haría saltar por los aires. La absurdez crónica de coleccionar piedras que decoren mi camino.

No, nunca he tenido superpoderes, al igual que todos: yo también sangro, aunque quizás lo que no me guste es sangrar demasiado.

Recitada:

12 de Diciembre del 2017 en micro abierto Arte no Apto en Denia, Alicante

 

 

 

Follarse a una misma

    – I –

    Entonces sucedió
    que no podía dejar
    de follarme a mi misma
    y de buscar un yo nuevo
    cada vez que se me acababa el anterior.

    Cada noche me transformaba
    en la treinteañera de quince
    y despertaba emborrachada
    de versos que me devolvían a mi celda.

    Pensé tantas veces en escapar del renglón
    que incluso tejí recuerdos falsos
    en los que vencía quimeras
    que embalsamaban mis muertos.

    Acercarse demasiado a las respuestas
    se convirtió en mi deporte de riesgo favorito.

    Nunca tuve demasiado apego
    a los cuentos con finales felices
    y desarrollé inmunidad crónica
    a las armas de destrucción masiva.

    Al principio lloraba al comenzar capítulos.
    Después desarrollé
    un síndrome de estocolmo compulsivo
    que me empujaba al descariño progresivo.

    La decadencia se apoderó de mi
    como una diabetes de una bulímica.

    Los martes(antes miércoles) como oasis
    fueron el salvavidas que vuela circular
    antes de caer sobre el cuerpo cansado.

    Peligrando el boceto que daría forma
    a la enredadera de mi vida
    salvaguardé las historias
    en pequeñas metáforas mal encriptadas.

    Temiendo quizás perder demasiado pronto
    los recuerdos que algun día olvidaría
    que algún día querría recordar.
    Pasaporte efímero a una inmortalidad de pega.

     

      – II –

      Nadie sabrá de nosotros
      los padres insumisos
      de una generación
      que se consume a si misma.

      Creyendo que decidimos
      mientras tiramos unos dados
      que no mueven nuestras fichas.

      Seremos el fracaso de nuestra especie
      convencidos de nuestros ahoras.
      Renunciar, como hábito burgués,
      asumir, como gesto incosciente.

      Nadie sabrá de nosotros,
      nosotros que vivimos en la generación
      más documentada de la historia
      y nadie sabrá nada de nosotros.

       

        – III –

      Me fuí, como siempre.
      Siempre abandonando todos los escenarios
      dejando silencios en mis cuentas pendientes.
      Apelando a mi naturaleza circular
      que me haría volver, algún día.

      Cuando ya no escueza
      cuando nada importe
      cuando ya todo sea inevitable.

      Huir de los futuribles
      como defensa personal.
      Una vez lejos, nadie inventará
      un final de mentira.

      Sólo hace falta esperar
      a que las piezas vayan ocupando
      el lugar adecuado.

      Para entonces, mi piel
      ya habrá caido
      y podrá devorar fantasmas
      y aliñarlos con la melodía
      de los que siempre sienten envidia,
      así ganen, así pierdan.

      Y continuar, al fin y al cabo para eso estamos
      hasta que no suene el silbato final
      una debe seguir corriendo.

       

        – IV –

      El perdón de los perdones
      a ti misma, / por ser tú, / por seguir siéndolo,
      por no dejar de serlo.

      Perdonada.

       

        – V –

      Y todas mis penas
      vestían de largo,
      las encerré en fiestas aburridas
      a las que no pensaba acudir.

      Las traicioné con penas de mentira
      que vestían de alcohol,
      estupideces adolescentes
      que me entretenían los días.

       

        – VI –

      Apareciste tú, tú, tú y tú también.
      Y cuando creía que no habría más
      siempre aparecía un nuevo tú.
      Y me acostumbré.

      Todos necesarios,
      en la cronología taxidérmica
      de mis decisiones decisivas.

      Fluir cuesta menos,
      cuando una fé enfermiza
      te guía en una senda oscura.
      Algunos lo llamarán destino,
      otros, cosas peores.

      San Juan

      Quién pudiera caer al fuego
      y purificarse,
      nacer de nuevo,
      revivir de las cenizas
      como un ave fenix.

      Dejar atrás la sensación putrefacta
      que nos hace ser débiles
      dejar atrás el olor nauseabundo
      de las inseguridades.

      Quemar todo
      quemarse por fuera
      y por dentro
      hasta que la piel nueva
      nos haga sentir infantes,
      nuevos,
      todo pureza e inocencia.

      Quién pudiera
      esta noche
      arrojarse a la hoguera
      y reaparecer
      una vez se apaguen las llamas
      como una maldita Targarian.

       

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