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rosas spanking laura mequinenza

Rosas

“Dedicado a Eva y Stephen por crearme un nuevo fetiche”

Él vino con una maleta
llena de artículos de coleccionista,
yo me enamoré
de entre todos ellos
de la regla de madera.

Lucía orgulloso un látigo
que restallaba en el aire,
partía panes y abrazaba
haciendo girar faldas.

Ella bailaba con fuego
al ritmo de la sinuosa música.

De repente se paró la música
y ella dijo “Soy una moñis”
pero cogió el gato artesanal
acabado en rosas
y fue hacia él.

Con una mano
sujetaba el artefacto en alto,
con la otra
tiraba de él hacia una esquina
pidiéndole que la azotara.

En la esquina había
una cruz de San Andrés
hecha de madera.

Ella se apoyó en la cruz
mientras sonreía,
le dio a él el instrumento
no sin antes hacer gesto
de lo que ella quería.

Yo desde el sofá
los miraba de cerca,
pensaba que serían quizás
un par de azotes
lo justo y necesario
en volver la música,
y que ella volviera a bailar con fuego.

Pero la música tardó en volver
en una azarosa coincidencia
para que pudiéramos deleitarnos
con el singular lenguaje corporal,
cuando él la atizaba,
que ella emitía en respuesta.

Él me miraba a mi
y me explicaba lo que hacía.
Yo lo sentía todo
una clase particular
pese al resto de gente .
No paraba de aprender
y atender lo que él me decía.

En mi mano sujetaba
la larga regla de madera
mientras la acariciaba,
a los dos
observaba.

Observaba como ella
alzaba sus glúteos,
los dirigía hacia mi,
exponiéndose para él.
Arqueaba la espalda,
y a cada nuevo estímulo
reaccionaba con todo el cuerpo.

No podía observar su rostro
mas no hacía falta
sus movimientos decían por ella
todo lo que necesitaba:
hablaban, gemían, pedían.

Todo en silencio,
esperando la música
que no llegaba.

Lento, sensual, místico
se convertía en el centro
de todas nuestras miradas.

Ella, lejos de querer parar,
se quitó la camisa
y se hizo más presente
la curvatura de su columna.

Él leía en los gestos de ella
y me los explicaba,
yo lo entendía claramente.

A ella los pantalones
se le ajustaban
y poco a poco
se le iban resbalando
con cada nuevo impacto
y el continuo arqueo de espalda.

Ella separaba las piernas y
levantaba el culo para pedirle más.
Él jugaba cambiando el ritmo.
Aveces lo aceleraba
y otorgaba más intensidad
respondiendo a las demandas
que ella, con su cuerpo, hacía.

Entonces ella movía las paletillas
de forma espasmódica
para retomar el ritmo lento

y poder relajar la espalda
que cada vez iba tomando más
un color rosado,rojizo,

tornándose rojo, poco a poco
Era algo tántrico, hipnótico.

Él me dijo después,
que ellos no se conocían,
que nunca habían hablado
pero antes de terminar, recuerdo,
cómo se despidió de su espalda
con unas breves caricias.
Me deleitaba la complicidad
de dos desconocidos.

Él vino con un látigo que abrazaba
pero ella eligió, que la azotara con rosas.

Y mientras, yo miraba,
y mientras
yo miraba.

 

 

 

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