La sangre le resbalaba por la barbilla
y se le secaba en la barba
junto con ese olor tan inconfundible
como la marihuana,
que más tarde compartiría besándome.

Sabía que la niña poseída
se escapaba de mi cuerpo
cuando de rodillas
se abrazaba a mi cadera
y sumergía los labios,
entre labios
y todo era
un mar de labios.

 

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