Niña no pájaro

Tanto que había sido pájaro
y la de veces que volando lo había repetido:
– ¡Soy un pájaro, soy un pájaro!
Para darme cuenta que volaba, pero no tenía alas
que volaba, pero no tenía ni cola, ni pico, ni plumas.
Pero yo seguía:
– ¡Soy un pájaro, soy un pájaro!
Cada vez menos convencida. 
Uno tropieza consigo mismo, pero sigue disimulando hacia los demás.
Primero todos me animaban:
– Eres un pájaro, lo eres, puedes volar.
Luego cuando decidí que no quería ser pájaro, porque yo no era un pájaro, 
ni me sentía pájaro, me dejaron de animar, recelosos no querían que volara:
–  Los pajaros son los únicos que deben volar, y si no eres un pájaro, 
porque no lo eres un pájaro. No vueles. No debes volar.
Pero yo quería volar, aunque no fuera un pájaro. 
Y tanto que había dicho que yo no era un pájaro,
empecé a dudar:
¿Y si realmente era un pájaro?
¿O si realmente lo que debía hacer 
es dejar de volar?
Pero ya era tarde para volver a ser un pájaro. 
Ahora ya sabía que no lo era. Y dejé de volar.
Y tanto que me gustaba volar dejé de hacerlo
sólo por que no tenía alas 
y creía que sólo debían volar
los que sí las tenían.
Dejé de volar porque los demás decían
que no debía volar sino decía que era algo
que yo no creía ser, 
sino les decía que era
lo que ellos creían que yo era. 
Dejé de volar porque ya era tarde para creer
que era algo que realmente no era.
Y en ningún caso me pregunté por qué volaba,
si me gustaba hacerlo o qué sentía cuando lo hacía.
Pero empecé a preguntármelo
y me di cuenta 
que yo no necesitaba ser 
lo que los demás querían que fuese
para poder alzar el vuelo
y así fué 
como empecé a volar de nuevo. 
A volar.
A volar.

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