Recuerdo cuando era adolescente y me declaraba abiertamente asexual. Lo poco o nada que me interesaban los amoríos y desamoríos de nadie. La pasividad con la que acontecían los encuentros sociales. La atracción fatal hacia sumergirme en mi mundo y no tener prisa por salir de él.

Como un niño. Eternamente niños.

Ahora que estoy empezando a aborrecer todo contacto social que no sienta demandado con entusiasmo, que me he cansado de conocer nuevos túes, no me apetece aprenderme a alguien de nuevo y encontrar en qué falla esta vez. Me ando reconciliando con mi mundo interior y cada vez paso más tiempo en él. 

Me estoy volviendo otra vez asexual, y no por moda, en todo caso por escuchar.

Lo bueno es que me deja mucho tiempo libre para darle tregua a mis proyectos

 


 

 

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *