Adictos a los gritos

Dejamos los gemidos y los mimos
para cuando estuviéramos cariñosos,
esos días moñas
en los que nos podíamos comer a besos.

Y empezamos a hacernos adictos
a los gritos, a las lágrimas, a las marcas.
Y nos buscábamos
con los ojos a medio asta
y la sonrisa inclinada.

Las manos se hacían cómplices de mi cara
y buscaban siempre un lugar contra el que empotrarse.
Cuando hacía calor
huían de superficies con tejidos
y arremetían contra baldosas lisas.

Aveces,
sobretodo cuando las fuerzas vencían,
también se unían las rodillas,
y todas buscaban apoyo.
Los rodapiés no eran mala opción,
aunque
no voy a negar
que teníamos mejores sitios,
sitios estrechos,
de un metro o metro y medio cuadrado
donde ambos podíamos hacer fuerza
sin resbalarnos,
sobretodo cuando el sudor
y otros líquidos
hacían de las suyas.

Luego estaba tu boca,
que usabas para que no se acabara la partida
y cuando las piernas
amenazaban  con desplomarse,
asomaban tus fauces
e hincaban fuerte mi carne.

Aunque
lo que verdaderamente
me hacía gritar
nunca fueron tus dientes
por mucho que apretaras.

Supongo
que nunca me quedé
suficientemente
afónica.

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