Óbice epicúreo – Entendernos

He visto pasar el tiempo y temor a que todo se marchite. He visto como se marchitan los seres vivos. Lo floreciente comido por los insectos. La selva devastada por los humanos. Los humanos contra los humanos. Los mismos humanos que se marchitan inevitablemente, como el resto de seres vivos. Y otra vez, el renacer de los floreciente.

He visto los ojos del caos en cada decisión del destino llevándose todo a su paso. He visto temblar hasta el más fuerte, el más poderoso y más preparado en manos de Fortuna. El guión desaforado que no pretende complacer a ningún público. El exterminio y la supervivencia como alteregos de una historia sin protagonistas en la que todos son prescindibles. Y he visto en el caos los ojos de la felicidad, ajena a todo lo demás, incluso a su naturaleza efímera aniquilando cualquier discurso pesimista.

Sí. El viento aveces se mueve en dirección contraria, el agua se estanca, los árboles que volverán a florecer parecen secos, la humedad se hace fuerte , el polvo se acumula, los insectos dejan larvas que nacerán cuando ellos hayan muerto, el fuego quema y el frío hiela.

Sí. Lo sé. Hay brazos que no saben curvarse para dar un abrazo, flores que no pueden crecer porque han nacido en una maceta, niños que no han conocido a sus madres que no están muertas, crías de seres vivos expuestos en vitrinas castrados para ser aceptados como posible objeto a comprar, lluvia que devasta y calor que deshidrata.

Tu voz no se apaga mientras forme un agujero para seguir diciendo lo obvio pero ese no es el problema, sino conseguir entendernos.

No. No hablo del verde amapola que se hace azul cuando las náyades están frías de tanto aterciopelar la hégira de las hespérides que vinieron a prevenir el bamboleo platónico de la precesión de los equinoccios. La masculinidad líquida que va evaporándose en su álgido punto vernal.

No. No hablo tampoco de la telaraña telúrica del phi en una continuidad retiniana que nos haga ver un círculo perfecto allá donde sólo se acumulan pequeños puntos. El isomorfismo que nos convencerá de que vemos lo que realmente no existe y nos hará discutir y matarnos por la refracción azarosa que trapacea trocando el cielo de azul.

El Óbice epicúreo es no hablar el mismo idioma.

La mano que dejo de posarse en mi hombro ¿encontró quizás un lugar mejor donde acomodar sus dedos o fué el propio hombro el que empezó a hacerse incómodo?

Sí. Lo sé. Aveces nos alejamos de quien más queremos y mantenemos a los enemigos cerca. El afecto se está capitalizando. La palabra imponiendo sobre el sentimiento. Las descripción sobre la acción. Sensacionalismo sobreexplicativo. Cómplices convertidos en verdugos. Transacción mecánica de afectividad.

Me preguntas qué es verdadera amistad

Sí. Exacto. Amistad es Amistad. Igual que Amor es Amor. Lo verdadero es lo que existe y se sobrepone sobre lo que no existe, lo que no es real. Más allá de entendimiento, lo que es y existe, es por definición.

Tal como la flor nace y se marchita, solo deja de ser flor cuando no hay flor, incluso muerta y en un jarrón, no deja de ser una flor.

 

 

El Espejo

Apoyó la mano  sobre la fría superficie mientras se veía reflejada en ella.
Aún se encontraba incómoda cuando se miraba desnuda ,
pero aún así, decidió mirarse con detenimiento.
La luz tenue hacía que sus formas no parecieran tan obscenas
como a la luz artificial de la bombilla de su cuarto,
o más misteriosas, ajenas a las redondeces que hacía presentes la luz del sol.
Contemplándose, dejó de verse extraña, empezaba a reconocerse,
la desnudez siempre le había parecido cosa de otros.
Y mientras se reconocía, descubrió con asombro que aquel cuerpo escondía gráciles formas,
los movimientos lentos y pausados la hacían descubrir
nuevas concepciones de si misma, que hasta entonces desconocía.

De repente, notó un súbito calor que provenía de la piel,
era un calor agradable, pero desconcertante,
por un momento olvidó qué estaba haciendo y retiró la palma del espejo
y la deslizó suavemente por la curvatura que dibujaba su cintura.
El contraste frío-calor que experimentó era excitante.
Se asustó y dejó de acariciarse.
Contemplaba su mano, suspendida en el aire, como si no fuera suya.
Algo la había detenido en seco,
pero notaba como ardía  la piel que había acariciado.
Deseaba seguir acariciándose, un escalofrío la erizó el vello,
nuevamente el calor, ahora éste, se había propagado, toda ella ardía.

Sus senos apuntaban firmemente al espejo
y ofrecían una textura rugosa, dura.
Se sintió contrariada: todo su cuerpo estaba reaccionando
cada vez sentía más excitación, deseaba acariciarse
deseaba deslizar sus dedos por sus senos , pero no lo entendía.
Sólo se había mirado en el espejo y se ha visto a si misma.

Volvió a concentrarse en el espejo, no parecía ella, se veía difusa,
pero le llamó la atención que algo parecía brillarle en los ojos,
incluso la comisura de los labios le parecía distinta.
¿Era ella? ¿No lo era?
Se alejó del espejo y se tumbó en la cama
como acto instintivo se cubrió con una tela.
Seguía pensando en el reflejo, en lo que había sentido,
en las ganas que tenía de deslizar su mano por su cuerpo.

Entonces sucedió. Dejó de pensar.
Apartó la tela que la cubría
cerró los ojos y comenzó a acariciarse,
recorrer la superficie de su piel suavemente,
notando y dejándose llevar por los contrastes de temperatura.
Pensó que no era ella la que se acariciaba,
pensó que la acariciaba otra persona,
tal vez aquella, que la observaba desde el espejo.

La ciudad

La ciudad está llena de miradas
tanto de día, como de noche.
Y las calles vacías
no son más que un espejismo.
Los muros no pueden contener
tantas palabras,
que de una forma voraz,
necesitan decirse.

El liquen frío que surca las aceras,
cada vez endurece más
a prueba de sonrisas-cuchillo.

A lo lejos se escuchan
estrepitosas carcajadas,
pero el viento huele raro,
no hay rastro de leña cálida
deben estar quemando
enredaderas y madreselvas.

El invierno
se ha posado en la cornisa
algunas aves dejaron de volar,
es más seguro reptar por las paredes
o dejarse rodar por las cuestas.
Las alturas son frías y peligrosas.

Las armas blancas
se confunden en la nieve,
sólo son visibles
cuando hacen sangre.
Entonces apareceran los devoradores
y los que temen a los devoradores.
Ambos se comportaran igual
para no levantar sospechas.
Pronto los huesos brillaran
y se espondrán en las plazas.

La luna lucirá para todos,
encriptada, sólo mandará señales
a unos pocos, salvaconducto
de una tierra no conocida,
donde las miradas se convierten en piedra
y el calor de la lumbre
no procede de arbol caido,
donde en la cornisa florece la primavera,
los polluelos pueden alzar el vuelo.

La ciudad calla, mientras el rojo
tiñe las frías aceras.