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Sobre el sentido del humor y el peligro que corremos al perderlo

¿Te imaginas que normalicemos dejar de reírnos? Por respeto, dejemos de utilizar a partir de ahora el sentido del humor. Ni se os ocurra eh, que ya os veo.

No es un secreto que los últimos años están siendo una jinkana en la que estamos perdiendo derechos y libertades «por nuestro bien», «por seguridad», «por bienquedismo» en un país que rechaza alegremente el paternalismo. Para salir adelante, oye no, pero para privarte, mira, ahí sí. No vaya a salir que me salga el careto de padre. Eso sí, la palabra «Respeto» hasta en la sopa.

En esta ocasión me apetece reflexionar sobre el humor. Esa extrategia social que parece que se está convirtiendo en controvertida. Ya se sabe, es más peligroso que se haga un chiste de cómo me roba el patrón, que que el propio patrón me robe. La «nueva censura» no es nueva ni viene de los patronos, ¿o sí? Porque llega un momento que ya no se sabe quién es el que manda. Ha venido y parece que viene para quedarse, lo mejor es que viene vestida del adaliz de la libertad, esa hipocresía. Lo de la hipocresía social ha llegado a tales cotas que deberíamos inventarnos nuevas palabras para representarla fielmente.

Internet ha invadido la vida cotidiana y ha venido para quedarse. Podemos ver como paso a pasito 1984 se va dibujando sobre nuestros hábitos y costumbres. La desinformación está filtrándose y contaminándolo todo, pero la censura, autocensura, el discurso único también. A modo de mantra peligroso religioso va impregnándose dentro y sin darte apenas cuenta ves que se ha colado en el discurso de todas las conversaciones y reuniones, hay como un gran hermano invisible que a pesar de no estar conectados directamente a internet parece que estuviera vigilando siempre lo que se puede decir o sobre qué podemos bromear o no. Gustave Le Bon hablaba de un alma colectiva en la que el individuo se sumerge dándose una degradación de su comportamiento, que se hace irracional y emocional a través de algunos mecanismos como la sugestión y el contagio , estoy segura que la sensación que tenía para desarrollar su discurso era muy parecida a lo que sentimos hoy en día.

¿Pero cómo vamos a estar siendo censurados por las formas si ahora nos pasamos todo el día volcando información, opiniones, nuestra extimidad a las redes sociales? No he vivido en la época de Le Bon y no sé lo que sentirían los contemporáneos. Pero sí he vivido mi época, descendientes de los que les enseñaron a callar y hacer las cosas por son así. Pero sabes qué, que apenas se callan cuando toca y se ríen de los que le da la gana. Y con ganas. Yo pensaba que nosotros también lo hacíamos, incluso más, se supone que nosotros éramos más libres, más evolucionados. Aún me río recordando como alguno de mis profesores de pequeña nos había convencido de que las atrocizades del pasado se habían cometido porque en aquella época estábamos menos evolucionados. Se ve que cada generación ibamos digievolucionando y habíamos llegado a la época en la que esas cosas ya nuestro cerebro sería incapaz de poder cometerlas de nuevo. Esas guerras, esas pandemias, esas hambrunas…Imagino que lo de los países «subdesarrollados» viene de ahí. Hay que ver cuanta tontería te puede llegar a decir un profesor y alzarlo a ley universal. Uno de mis favoritos siempre fue el que nos quiso convencer que los españoles éramos los únicos que podíamos aprender otros idiomas, éramos una especie de pueblo privilegiado, los elegidos. Se nota que entonces apenas había inmigración en nuestro país y donde yo me crié no conocíamos extranjeros. Pero vamos, recuerdo cómo mi mundo dio un 180 grados al conocer cuando tendría unos 10 años, a una niña de mi edad que pertenecía a una familia refugiada de Bosnia. Y oh sorpresa, mis profes debieron fliparlo más que nosotros. Quizás por eso siempre he sido tan agnóstica con las verdades universales. Y el conocimiento me gusta como recurso, no como verdad.

Hace poco reflexionaba sobre que cada vez nos reímos más para dentro, como una mueca. Ya no sabemos reírnos como lo hacían nuestros padres o nuestros abuelos. O incluso en otras culturas en las que esto todavía no se ha cimentado. Rompemos tabús y nos sentimos poderosos al reírnos sin pudor de muchas cosas, pero ¿Somos conscientes de la cantidad de tabús que estamos creando alrededor de lo que se puede hablar y lo que no?

Quizás no le pase a todos. Yo nunca he sido especialmente graciosa. De hecho durante toda mi vida he tenido una relación animadversa con el humor. Me crié en los 90 y detesto lo que entonces se llamaba humor. De hecho me enfurecía. Todo esto me ha venido a la cabeza porque esta mañana me ha recomendado youtube un video, que no voy a linkear porque no me ha parecido ni medio interesante en el que hablaban sobre los límites del humor, lo que se debería permitir o no permitir. Y cuando hablamos de permitir, estamos hablando a nivel legal. Es decir, qué se debería prohibir legalmente utilizar como humor. Y yo, una persona que he detestado toda la vida los chistes malos, la tendencia que tiene la gente a criticar, a ridiculizar, viendo lo que pretendía ser una reivindicación veo bailiar a los comentaristas del video entre las formas anteponiendose a la posible reacción. Se busca reacción, pero moderada. Yo siento que todos estamos en la misma mierda, al final, las puñeteras formas…

¿Estoy hablando de política? No, en principio no. Aunque todo tiene que ver. Estoy hablando de salud, bueno de lo beneficioso que es el sentido del humor para la salud.

¿Por qué es importante el sentido del humor?

Más allá de mi animaversión congénita que me ha preservado la juventud más años por ser más siesa que Miércoles. Soy consciente que las formas de represión que estamos naturalizando en nuestro día a día atentan directamente contra nuestra salud. Anda Laura, se te pira. No , en serio. El sentido el humor es un mecanismo social que lleva siglos con nosotros y que regula tanto las interacciones sociales como las emociones personales. Freud que reflexionó mucho sobre el sentido del humor llego a decir que El humor es la manifestación más elevada de los mecanismos de adaptación del individuo. Yo permitiéndome cuestionar tal absolutez, ya sabéis mi agnosticismo, sí que estoy de acuerdo en que el sentido del humor cumple a nivel biológico funciones sociales tanto de acercamiento y liberación como de pérdida de tensión. Es un mecanismo de defensa innato Se dice que cuando los humanos estamos en un estado tenso, incómodo, desconocido solemos liberar esa tensión soltando un chascarrillo. Es decir, una broma o tontería para que «se relaje» el ambiente. Vamos, que antes que pegarnos o pelearnos es mejor decir una tontá.

Tener un buen sentido del humor está relacionado con cambios neurológicos e inmunitarios beneficiosos. Justo lo contrario que lo que produce la ansiedad, y estados mantenidos de tensión e irritabilidad. Vamos, ya sabéis por qué soy la princesita enfermiza. Tiene cojones que sea yo la que defienda el humor. Aunque diría tranquilos, mejor digo asustaos, porque cada vez estoy trabajando más en desarrollar de forma beneficiosa este mecanismo regulador. Vamos, que cada vez digo más chorradas y me reafirmo en seguir haciéndolo.

¿Te imaginas que a base de hacernos más artificiales limitando o reprimiendo el sentido del humor nos estamos enfermando a nosotros mismos?

male, night, the darkness

No es un secreto tampoco que la ansiedad y depresión crónicas están de moda. Tampoco que no nos viene bien esa individualidad que nos invita a encerrarnos en casa y no relacionarnos con la gente. Coñe, que somos animales sociales, que nos gusta juntarnos, y reajuntarnos. ¿Por qué cada vez lo hacemos menos?

Estamos ocupados. Sí ya, claro. Estamos ocupados ¿o cuestionados? ¿Te lo pasas bien cuando te juntas con gente? Está claro que todos necesitamos relacionarnos y juntarnos, la sociabilidad es un mal que nos guste o no es un rasgo humano. Entonces, ¿Qué es lo que hace que cada vez las reuniones sociales se hagan menos apetitosas? ¿La falta de money? Cierto. Eso da para otro post.

Pero hoy me centraré en que una de las razones que da pereza social es que no podemos ser nosotros mismos. Cada vez es más frecuente que debido a esta censura sistemática uno se replantee si quedar con alguien o no. Incluso da pereza conocer personas nuevas. Porque lejos de encontrar relax, bienestar y harmonia, las interacciones sociales parecen cada vez más una entrevista de trabajo en la que hay que medir las palabras y tener mucho cuidado con lo que se dice. Y nuestro mecanismo natural ante esta tensión o incomodidad es el susodicho sentido del humor, el puñetero es EL ENCARGADO DE FACILITAR ESTAS INTERACCIONES. Por tanto, cuando más lo necesitamos esta censura nos hace doble insatisfacción porque nos inhibe nuestra válvula de escape. Somos una olla a presión y no nos dejan usar la válvula, no es raro que explotemos. Pero explotar también está mal visto, esto también lo hablamos otro día si me animo. El caso es que sin estas vías de escape a las que echarle el guante las interacciones sociales pueden convertirse en un foco de ansiedad y malestar. Por lo que ¿Qué mejor que evitarlas? Hala Laura, que exagerada, con lo bien que uno se lo pasa cuando queda con gente. Cierto, no lo niego, pero cuando puedes reírte, de hecho el recuerdo o icono que tenemos de una reunión que ha merecido la pena es la risa. No es casualidad, no. Es necesaria.

En cambio, se está sustituyendo este mecanismo tan beneficioso por interacción virtual. Más segura, distante, desde nuestro lugar de confort. El mundo virtual puede llegar a ser nuestra fuente de desahogo, especialmente las redes sociales. Pero no nos engañemos, aunque se llamen sociales, no son reuniones sociales. Es más bien un lugar ficticio que nos muestra un mundo irreal, una interacción irreal, una forma de relacionarse irreal. Dijo la chica que está escribiendo esto en un blog en internet… Y en este lugar, la censura social del humor es mucho más intensa, más visible y que además retroalimenta a la censura de interacción social, polarizando mentalmente los estereotipos de los efectos y las reacciones. Es decir, nos hace más radicales en las autocensuras y en lo que se supone que nos parece bien y lo que nos parece mal.

Y en un lugar no tan apartado del mundo real. Tu entorno. La gente que conoces.

Pero es que estás hablando del humor de una forma muy utópica, el humor tiene también connotaciones negativas.

¿Deberíamos prohibir algún tipo de humor?

¿Deberíamos prohibir la libertad de expresión? Desde mi punto de vista no. Y desde mi punto de vista el sentido del humor es una forma de expresión.

La primera pregunta que uno debería hacerse antes de querer prohibir algo es por qué lo prohibe y si qué consigue con ello. Hay muchas personas que dicen que el humor ofende o se sienten ofendidas y que por eso se debería prohibir. Podríamos agregarle intensidad y decir que el humor me agrede. En este sentido hay mucho discurso de lo que se debería prohibir y lo que no. Por qué a veces ofende pero está bien y por que a veces agrede pero está bien, y ya entraríamos en un mar de subjetividades que hacen de dudosa la capacidad para determinar qué es ofensivo y qué no y cuándo se debería utilizar y cuando no. Aquí por ejemplo tenemos la ley mordaza en la que el argumento para privar de libertad de expresión es que «incite al odio». Y curiosamente se usa para acallar a aquellos que dicen cosas que no convienen porque ¿quién decide qué es incitar al odio y en qué situaciones se aplica?

Incitar al odio es inducir con fuerza a la antipatía o aversión hacia alguien cuyo mal se desea. El humor es un mecanismo de defensa natural que sirve para reforzar relaciones sociales o liberar tensiones en momentos de conflicto. Por tanto este tipo de propuesta vendría a decir que nos prohibe nuestro mecanismo natural de defensa ante un conflicto o que refuerce lazos en un grupo cuando éste se utilizara para inducir con fuerza a alguien hacia la acción de odiar, es decir crearle antipatía o aversión hacia alguien cuyo mal se desea.

Prácticamente es una especie de galimatías que tiene poco sentido en sí mismo. Porque una persona que «ya odia a otra» puede encontrar en un chiste que hace un tercero sobre el tema liberación o relativiza el malestar que siente. Es decir, el propio sentido del humor no refuerza ese odio, sino que lo regula creando menos tensión porque esa tensión existe. Y una persona que no odia a otra y que ve un chiste y le ofende, no está siendo inducida a odiarla. El problema reside especialmente, y es de lo que quiero dejar constancia es en qué casos una persona que tiene una opinión neutra es inducida CON FUERZA, vamos nada de casualmente pasabas por allí o te has encontrado un tweet que no va contigo, a sentir antipatía y aversión hacia algo porque se le desea mal. Telita, no cualquier cosa. Lo que viendo siendo odiar.

Hay muchas causísticas , pero me centraré en algunas que creo que son muy representativas para expresar lo que yo pienso al respecto.

CASO 1: Estoy con mis amigos en un entorno social en el que el chiste o gracia tiene un objetivo lúdico, digo cualquier cosa con intención de ser graciosa y que mis amigos se rían. Pueden llegar a ser burradas salidas muy de contexto, frases que se consideran tabú e incluso ridiculizar cualquier acto que ha cometido cualquier integrante del grupo provocando risas y en los que obviamente, aún ridiculizando a esa persona no se le desea mal, ni animadversión y mucho menos antipatía. De hecho puede incluir fácilmente ridiculización de cualquiera e incluso de uno mismo.

CASO 2: Con los mismos amigos, tenemos unos enemigos naturales en los que más de una vez hemos tenido conflictos. Y cuando estamos juntos la forma de relajar la tensión que sentimos ante ellos es hacer mofas sobre ellos. La animadversión ya existe y todos la comparten y más que inducir se fortalece, pero también los lazos de grupo.

CASO 3: Entra alguien nuevo en el grupo que no conoce al otro grupo. Y a través de chistes y mofas se le induce a una antipatía a aquellos que antes no tenía. De hecho dicha antipatía es una de las señas que identifican la pertenencia al grupo.

Esto sucede hasta en las mejores casas. De hecho este tipo de alianzas y enemistades se producen incluso dentro de las familias. No creo que políticamente nadie esté preocupado por estas cuestiones y socialmente a no ser que hagas un estado de sitio, difícilmente no se van a reproducir estos constructos sociales. Por otro lado está la percepción de pertenecer a un grupo inmenso y más ahora con las redes, lo que antes era una tribu urbana, vaya. Y lo que es una dinámica social común se convierte en un flujo de pensamiento social. Y más si en lugar de ser una tribu urbana, perteneces a un colectivo típicamente estigmatizado y/o discriminado.

El problema aumenta cuando estos grupos tiene una fuerza y un poder muy superior unos sobre otros. Son instituciones. O, tacatá, son los que ponen las normas. Ahí ya entramos en conceptos como abuso de poder, discriminación, injusticia social. Pero las instituciones tampoco le importa la justicia social, solo el rédito político y como eso les puede afectar.

egg, hammer, threaten

Es decir, si mi sentido del humor carece de intención más allá de sociabilizar indiferentemente del contenido de éste rompería cualquier regla que pueda inferir que yo quiero inducir u ofender. ¿Pero qué pasa con cualquier contenido político o revolucionario? ¿Entendemos que cualquier chiste politizado puede entenderse con una intencionalidad de inducir a un pensamiento que muy probablemente cree antipatía hacia algo u alguien? Probablemente, es hilar muy filo. Pero eso y quitarnos la libertad de expresión está muy de la mano. No creo que debamos apoyar políticas que nos priben de poder expresar la ideas que tenemos y poder reivindicar lo que consideramos injusto. Por ejemplo, si alguien te hace mal, especialmente os lo hace a un grupo en el que tenéis esa característica en común y muy seguramente sea debido a un abuso de poder. Ese abuso de poder tan normalizado en nuestro a día a día, vamos, seguramente sea el humor una de las vías a través de la que poder canalizarlo. No diría yo que se induce con fuerza a odiar necesariamente, pero sí que cumple un mecanismo social regulador beneficioso, que es precisamente su función.

Por otro lado, tenemos el lado inverso, alguien que tiene la sartén por el mango y se vale de la fuerza, la intimidación y el abuso de poder. Y sus gracias o chistes son para legitimar su abuso o directamente ejercerlo. Dícese el jefe que se burla de ti delante de todos los compañeros o el profesor que te usa de mal ejemplo y se mofa diariamente de ti. Invitando a los demás, por no llamarlo directamente inducir una animadversión sobre ti. La pregunta es…¿Esto realmente podría llamarse en algún caso sentido del humor? ¿O cómo lo llamarías? ¿es éste el sentido del humor que se busca prohibir? Lo dudo.

Cierto es que la educación y la concienciación puede hacerte ver el mundo con mayor perspectiva y ser más empático. Es deseable, y yo lo promovería, yo de hecho, lo promuevo. Pero desde que el mundo es mundo la gente abusa de su poder y la gente saca provecho si puede, y son estos males los que lejos de criminalizarse están a la orden del día y potenciádose.

¿Debería prohibirse el sentido del humor? Absolutamente no. Si hay que prohibir algo es el abuso de poder. Y creedme, las leyes no están haciendo el mundo más justo y más simétrico. Nuestro no papá, ese que no quiere ser paternalista cree que hay que dar más fuerza a los niños grandes que abusan de los pequeños. Lo contrario, sería paternalismo.

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¿Sabrán los peces del azul?

Un día, estaba en Valencia en una casa muy guay que tenía una especie de estanque en la entrada con peces, el fondo del estanque era azul, y me puse a delirar, imaginando cómo sería para esos peces vivir allí, de decoración en esa casa y si serían conscientes de alguna forma de los surrealista de su existencia en ese lugar.