Polillas

Tengo una yaga en la mano,

una herida que traspasa

de lado a lado, pero no duele.

La piel de mi mano

se ha vuelto fluorescente

y brilla en la oscuridad.

Aveces, se posan polillas

y me lamen los contornos,

se meten dentro

y succionan con fuerza.

Entonces empiezo a sentir un dolor,

un dolor neutro,

que se atrinchera en el estómago

y que me devuelve esa tos asmática y nerviosa

que me hace estornudar todo el polvo.

A menudo les cojo cariño,

aunque duelan

de esa forma escasa, insuficiente.

Pronto llegarán las lluvias

y desaparecerán todos mis parásitos,

con suerte,

habrán dejado huevos

que eclosionen otra primavera.

Hasta entonces,

miraré a través de mi mano,

mi otra mano completa.

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