realidades incómodas

Las palomas locas

Dedicado a tantas víctimas sin nombre.

El ala, el ala, el ala
recompensa
el ala, el ala, el ala, el ala, el ala,
recompensa
si sigo moviendo el ala, habrá nuevas recompensas
el ala, el ala, el ala, el ala, el ala, el ala, el ala, el ala, el ala, el ala, el ala, el ala, el ala, el ala, el ala,
el ala, el ala, el ala, el ala, el ala, el ala, el ala, el ala, el ala, el ala, el ala, el ala, el ala, el ala, el ala…
y así la paloma se volvió loca
moviendo frenéticamente el ala.

Botón, adrenalina, botón, adrenalina, botón, adrenalina

Skinner la hubiera colocado en una caja
si ella fuera una paloma
pero ella no era una paloma
era una persona
y su forma de mover el ala
era apretar un botón
su recompensa
también aleatoria
un ardid para el juego perdedor.

Cuando no puedes controlar
el ala, el ala, el botón, el botón,
el una y otra, y otra, y otra, y otra
y otra, y otra, y otra, y otra vez
repetir compulsivamente la misma rutina
es cuestión de tiempo
convertirte en una de esas palomas.

Los locos que aprietan botones
no nacieron solos
ellos, también, son fruto de un experimento
uno rentable.

La búsqueda patológica de la recompensa
no debería ser el negocio de ninguna empresa.
La enfermedad crónica, tampoco.

Despertar al monstruo latente
estimulando la reiteración de la conducta
de apretar el botón, apretar el botón, apretar el botón,
el botón, el botón, el botón, el botón, el botón, el botón…

No culpes a la ludopatía
si la has metido en una caja
no digas adicción
si has llenado de experimentos nuestros barrios
sois asesinos en serie, asesinos
y vuestras víctimas no tienen nombre
caen en nuestro bando, en nuestras calles, en nuestras manos.

Las muertes sin nombre
son ahogadas vidas que se lleva el dinero
y llevan la mancha de vuestras casas.


Pertenece a El Cristal de la Pecera