No soy una mujer maltratada.
No tengo miedo.
No / tengo / miedo.

Sobre mi cabeza
se alzan infinitas voces
cada boca quiere pronunciar su discurso perfecto,
políticamente correcto
para no faltar, para respetar, para proteger

Y en cada declamación brillante
se demonizan a los otros,
los culpables invisibles
que reventarán la caja de cartón
donde siempre mandamos a los indeseables
aquellos que no fueron moldeados a cincel.

Abriremos el diccionario
para subrayar la letra disonante
pondremos la mano sobre sus tapas
y juraremos nunca pronunciarla
sin preguntarnos por qué es disonante
y cómo suena entonada.

No soy una mujer maltratada.
No soy una victima.
No / soy / una victima.

En mi pecho galopan sin descanso
mil caballos pura sangre.
En mi mirada, la tormenta;
en mis manos, un enjambre,
en mi cabeza, un ejército
de kamikaces devotos por la libertad
y en mi sexo, una serpiente
que siempre me tienta a seguir probando
cada una de las frutas prohibidas
del Edén de los pecados.

Y aunque no reconozco
dueño que me gobierne
me dejo ceder a mis instintos
y si te digo Pégame
no es porque me sienta inferior.

Te digo pégame
desafiando a que dejes atrás
aquellas represiones adquiridas
en el seno de la infancia
la seguidilla de seamos iguales,
todos iguales,
niños y niñas, iguales.
Cuando en realidad
somos todos distintos, niños y niños distintos
y niñas y niñas distintas
apeándose de su imaginación
para quedarse una farragosa fantasía edulcorada
de primogénitos consentidos de vida fácil.

No. Yo no te quiero príncipe.
No. Yo no te quiero caballero.

Yo te quiero libre, sin prospecto
atreviéndote a ser el hombre malvado
que puebla mis fantasías
y juegues con mis sueños.

No soy una mujer maltratada
no lo soy
aunque a alguien
se lo pueda parecer
cuando jugamos.

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